Salir de las múltiples comodidades

July 1, 2015

 

 Dependemos mucho del transporte automotor, sea público o particular. Justificamos esta unión artificial con la seguridad, la comodidad, la practicidad e incluso con la necesidad de ocultar alguna carencia con el tamaño o el aspecto del aparato que nos moviliza. En este caso, por supuesto, la gracia es que el artefacto sea propio, y así se condicionan muchos de nuestros esfuerzos, se establecen ciertas metas identificadas como fundamentales.

 

En Bogotá, viajando en un colectivo, en un bus de Transmilenio, en una motocicleta o en un automóvil, apenas sí percibimos las pintadas. Con suerte, en algún trancón tendremos algo de tiempo para observarlas. No obstante, para considerar el sentido trascendente de estas imágenes, de estas palabras, es necesario sacar tiempo de donde no tenemos, como dicen por ahí. Se requiere desunirnos del metal, del plástico, del caucho rodante, poner pies en tierra y caminar por las calles. Naturalmente, también hay que salir de la casa, del conjunto cerrado, de la zona de confort que construimos y que cuidamos diariamente.

 

Con el proyecto Pintadas como medio de comunicación ciudadana nos movimos por un sector concreto de Bogotá con nuestros propios pies para registrar las pintadas con la fotografía, para constatar sus cambios y permanencias en el transcurrir del tiempo, para cotejar lo que determinados momentos específicos de la ciudad dejaban plasmado en las paredes de dos vías importantes en la historia de la urbe: la calle 26 y la carrera séptima.

 

Los maestros de la fotografía han señalado que la gracia de este arte está en que hay que acercarse siempre al objetivo, a la imagen que se quiere registrar, para poder capturarla adecuadamente. Se trata de un juego de significación. El cristal de un automóvil o de una buseta y, en especial, nuestra rutina diaria, se convierten en fronteras a superar para aproximarnos al objetivo directo: en este caso, la pintada. Aprendamos, pues, del arte fotográfico. Hay que acercarse, entonces, a la pared. Tocar, si se quiere. Percibir los detalles que el afán y la distancia ocultan, leer el mensaje, reír, llorar, preocuparse, pensar.

 

Susan Sontag[1] decía que “en una sociedad moderna las imágenes realizadas por las cámaras son la entrada principal a realidades de las que no tenemos vivencia directa. Y se espera que recibamos y registremos una cantidad ilimitada de imágenes acerca de lo que no vivimos directamente. La cámara define lo que permitimos que sea ‘real’; y sin cesar ensancha los límites de lo real”. Esto tiene sentido si uno está en Bogotá y las imágenes vienen de, digamos, Kabul, Nairobi o Kamchatka. Mientras más lejos estén los hechos, la realidad, más necesitamos el registro mecánico para por lo menos tener una idea de cómo son las cosas “allá”, “por allá”[2]. Sin embargo, no hay que dejar que la máquina defina “los límites de lo real” –y por lo tanto, las condiciones de su comprensión- si está en nuestro poder ejercer la potestad de aproximarnos a las manifestaciones de lo existente.

 

Confío en que este proyecto de investigación sea un aliciente para que las ciudadanas y los ciudadanos rompamos las fronteras de las comodidades y salgamos al encuentro de los espacios urbanos que nos hablan, que nos interpelan, que incluso nos acusan, pero que también nos hacen pensar e incluso nos divierten. ¿No encontraremos en este ejercicio una forma concreta de ejercer nuestro derecho a la comunicación?

 

 

[1] “La fotografía: breve suma”, de Susan Sontag (traducción de Aurelio Major). El Malpensante, No. 48, agosto 1 – septiembre 15 de 2003, pp. 50-52.

 

[2] Con todo, también hay que buscar otras formas de relacionarnos con “lo lejano”, especialmente si pensamos en las facilidades tecnológicas informáticas de la actualidad.

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