Cuando los aerosoles hablan

Caminar la ciudad es un ejercicio que no implica solo el hecho de desplazarse. Caminar Bogotá, es una invitación permanente a contemplarla, a desentrañarla e intentar comprenderla. Es por esto, que recorrerla de la mano de sus pintadas es un proceso fundamental para entender de qué manera aquellos que la habitan buscan, no solo ser escuchados/leídos, sino llamar la atención y denunciar aquello que les inquieta.

 

Plasmar un texto en una pared, es el acto mismo de confesar lo que ronda por la mente. Es un grito de resistencia, de amor, de alegría, de esperanza o de inconformidad. Es una forma de hacerle ver a todo aquel que pasa por esas calles, que el arte, las imágenes y las palabras siempre serán una forma válida de comunicar.

 

En el caso de Bogotá, las pintadas están a la orden del día. Unas fugaces, otras no tanto, pero todas hablando de todo eso que pasa día a día en una ciudad de tantos matices. La calle 26, con paredes llenas de colores  nos habla de una ciudad que pide paz y respeto. De una ciudad que se mueve para que entre todos defiendan la tierra. Las pintadas de este sector de la capital, son un llamado a volcar la mirada sobre el campesino, sobre lo autóctono, sobre la raíz.

 

 

El centro de la capital, por su parte, cuenta toda una historia de resistencia. Pintadas que piden libertad, que se oponen a los tratados estatales o que incitan a la rebelión, son las que se encuentran sobre la Carrera Séptima. Sus muros son hoy por hoy el lienzo preferido de las personas que se movilizan para exigir un país más justo. Un lienzo en el que se leen mensajes sobre mensajes, letras que han sido borradas por el tiempo o por las manos, o que simplemente han sido sobrescritas por unas nuevas.

 

De ahí que pensar la ciudad y leerla desde sus pintadas sea tan importante. “Rayar” una pared no es un acto vano o inútil, es una apropiación del espacio que busca hacer visible una opinión sobre lo que sucede a diario. Es la forma de manifestar aquello que no se lee en los diarios ni se ve en los noticieros pero que sigue haciendo parte de la realidad social. Es una legítima –y alternativa- manera de comunicar, de hablar, de sentar una voz de protesta frente a aquello que incomoda, es una estrategia para subvertir el orden informacional al que parece se ha acostumbrado la sociedad. Leer las pintadas, leerlas entrelíneas, es leer la ciudad, al ciudadano. Entenderlas –si es que es posible del todo- es estar más cerca de una versión de Bogotá construida por el ciudadano de a pie, de ese que la camina, la siente, la vive y la cuenta.  

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