La Candelaria tierra de pintores itinerantes

July 24, 2017

 

Ponerse en la tarea de observar las paredes del espacio público pareciera un ejercicio fácil, rutinario y mecánico. No obstante, agudizar nuestros sentidos para alcanzar aquel ojo sociológico que buscamos desarrollar se hace complejo y más cuando tenemos que explorar nuestra ciudad, aquella en la que crecimos, con la cual establecemos relaciones de poder a diario, en otros momentos de miedo, también de respeto, e incluso de indiferencia.

 

De allí que rastrear las pintadas en Bogotá requiriera un nivel mayor de atención, en donde habría que despojarse de prejuicios, preferencias y posturas frente algunos de los mensajes que abundan en la ciudad. Fotografiar mensajes con los cuales podemos estar en desacuerdo no resulta una tarea sencilla, pero sí sería seguramente un diálogo muy interesante frente a quienes han dejado sus mensajes en las paredes bogotanas.  

 

Si bien, en años anteriores la labor de afinar sentidos parecía haberse elevado, decidimos recorrer La Candelaria, uno de los corredores artísticos más importantes de la ciudad, con la guía de una persona conocedora, fue allí donde encontramos el Bogotá Graffiti Tour como una opción para tratar de recorrer el centro histórico con otro lente, con otra mirada que nos permitiese quitarnos el velo de la rutina de transitar por allí y creer que todo ya estaba observado. 

 

Quedamos pues a merced del recorrido de una guía, una mujer de origen alemán, quien acostumbra dar estos recorridos del grafiti a extranjeros, casi siempre de latitudes anglosajonas. Nuestros primeros pasos nos van adentrando por la carrera cuarta a las características calles angostas del sector, y poco a poco vamos haciendo paradas donde la guía aprovecha para ir retando nuestros sentidos, ella nos invita a observar con más detenimiento algunas paredes donde reposan alguna sutilezas que pasan fácilmente desapercibidas para el ciudadano presuroso, para aquel que se desplaza y no se toma un respiro para observar su alrededor. 

 

Durante el "safari" del street art bogotano, vamos encontrando varias temáticas que destacan, una que llama nuestra atención es la categoría mujer, la cual aparece en diversas formas, colores y mensajes. Artistas como Vera (Ecuador), De la Roca (Venezuela) y LikMi (Colombia) hacen presencia en los corredores históricos de La Candelaria, quizás con más riqueza pictórica que textual, pero en cualquier caso lanzando dardos certeros frente a la diversidad femenina, frente al orgullo de sus raíces culturales e invitando a un empoderamiento de sus cuerpos, de oponer resistencia a los discursos conservadores del cuerpo desnudo como algo vergonzoso y pecaminoso. 

 

También con las pintadas que aluden a lo femenino se van entrelazando relatos respecto a la naturaleza, a la madre tierra, a la riqueza de la biodiversidad colombiana. Pareciera como una serie de hilos narrativos que se entrecruzan, que caprichosamente nos van construyendo relatos y que se hacen mucho más poderosos cuando las cosmogonías de las etnias indígenas colombianas aparecen, exaltando la diversidad, aquella tierra de pintores donde las acuarelas permiten una escala de colores tan diversa que hacen del territorio colombiano una veta de interculturalidad. Donde el mestizaje que nos ha caracterizado desde nuestra fundación como república ha de ser vista como una fortaleza y no como un peligro de división. 

 

Seguramente para el ojo del turista incauto, resaltan pintadas como las de Carlos Trilleras o las Guache por su alta calidad pictórica. También, la presencia de pintadas de Lesivo, Stinkfish o Toxicómano, parecen llevarse la mayor dedicación a la hora de posar nuestra vista.

 

No obstante, también aparecen pintadas mucho más rudimentarias, las cuales contienen mensajes diversos, muchas de ellas con un alto componente crítico, de resistencia, de allí que el anonimato predomine y esa noción de la ilegalidad en su realización sea mucho más constante. También las hace más efímeras, lo que no significa que tengan menor valía, simplemente se trata de pintadas desprotegidas, anónimas, vulnerables, de quien nadie quiere ya reclamar su autoría ni mucho menos erigirá un reclamo por ser tapada al poco tiempo. 

 

Al final, todo se trata de lo itinerante, de lo volátil. Se trata de intentar de conectar con el otro, con el desconocido, con el extranjero, de establecer hilos comunicativos que trascienden más allá de una pintada hecha bajo la ilegalidad o una excelsa obra pictórica avalada por la alcaldía de turno. La comunicación ciudadana invita a una comunicación mucho menos mediada por la concentración de los poderes tradicionales, es más bien, intentar volver a un estadio anterior donde logremos establecer comunicación incluso con aquel que nunca conoceremos en nuestra rutinaria cotidianidad. 

 

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